Domingo, 27 de Junio del 2021 · Publicado a las 20:04

Enrique Lorca, doctor en Ciencias Biomédicas: “Somos medianamente dueños de nuestras decisiones”

Una investigación desarrollada por un científico chileno pone en jaque el libre albedrío tras constatar que el cerebro toma decisiones de manera autónoma antes que las personas puedan darse cuenta.

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Escrito por Jean Muñoz

¿Qué fue primero, el huevo o la gallina?, es la frase de un clásico dilema que ha sido reflexionado desde Aristóteles hasta Stephen Hawking. En la ciencia ya hay una respuesta clara, el huevo fue primero. No obstante, la filosofía tornó esa discusión a una mirada más metafísica. Desde ahí que las disciplinas, tanto científicas como humanistas, trabajan mancomunadamente para aplicar este esquema de interrogantes a sus respectivas áreas y complementarlas entre sí.

Con esa premisa nació una investigación chilena a cargo del bioquímico y doctor de Ciencias Biomédicas de la Universidad de Chile, Enrique Lorca, quien busca responder: “¿somos dueños de nuestras decisiones?”. Una pregunta que de una casualidad académica llegó a sus oídos cuando se encontraba en clases de pregrado de bioquímica en la Universidad Santiago. Allí un profesor de la facultad esbozó una frase que le llamó la atención: “desde la molécula hasta el comportamiento”. La expresión hacía alusión a que si el cambio de una molécula en particular podría generar un cambio en el comportamiento humano. Para el científico, el planteamiento del docente era una mirada “muy reduccionista” de un hecho demasiado complejo y sentía que era demasiado ambiguo para llevarlo a un modelo científico.

Desde ahí empezó a darle vueltas hasta que llegó al laboratorio del Instituto Milenio de Neurociencia Biomédica (BNI) de la Universidad de Chile, bajo la dirección del destacado científico Pedro Maldonado. En ese lugar juntó dos cosas que lo tenía obsesionado: la neurociencia y las decisiones. Allí creó el bosquejo de la premisa de su tesis sobre quién tomaba la decisión de que las persona optaran por hacer algo y dejaran de hacer otra cosa, ¿el cerebro o uno?

Para ello, Lorca se enfocó, literalmente, en los ojos y comenzó a estudiar sobre los objetos biestables, que tienen la particularidad de ser una imagen en donde una persona puede ver dos cosas distintas en un mismo objeto que jamás cambia. Por ejemplo, si uno dibuja un cubo, en un cuaderno matemático, siempre tendrá una cara que estará de frente, pero de repente el cerebro cambia la percepción y toma otra cara como el frente, lo que crea una suerte de “efecto visual” siendo que el objeto nunca cambió. El científico al ver esto se preguntó si era el cerebro quien tomaba la opción de cambiar la percepción o fue decisión de la persona.

Lorca narra que los primeros resultados de su investigación fueron muy llamativos porque las personas intentaban mantener solo una percepción, pero el cerebro pasaba por alto esa decisión y seguía con la que él proponía.

¿Quién toma la decisión, el cerebro o la persona?

— En realidad somos dueños medianamente de nuestras decisiones. A veces somos capaces de decidir y a veces nuestro cerebro decide de manera automática antes que nos demos cuenta, pero eso no quiere decir que no seamos nosotros. Considero que es la conclusión más importante que podemos sacar de esto.

Usted indica que hay una suerte de dos entes que pueden tomar la acción: el cerebro y el yo ¿Ese yo es la conciencia?

— Si quieres ponerle ese nombre…Sí, puede ser la conciencia. Básicamente tener conciencia es tener la percepción de tu propia existencia y una racionalización de tu lugar en el universo. En esa conciencia vamos a diferir en los distintos tipos de definiciones que hay, pero para mí eso es la base de la conciencia, saber que existo y tener mi lugar en el universo.

¿Cómo conviven estas dos opciones dentro de un mismo órgano?

— Esto es un debate más bien filosófico, porque si nos ponemos anatomistas o fisiólogos podemos definir los límites súper fácil, porque decimos ‘mira esta célula es una neurona que viaja a través de la médula espinal y se proyecta en distintos lugares’. Al igual que el corazón, el páncreas o con el órgano que se te ocurra, por algo no somos gases flotando en el aire, porque tenemos límites. El problema de esto es que al tratar de racionalizar el pensamiento que es algo inmaterial, que no tiene definición clara e incluso algunos le llaman alma. Al final del día no puedes racionalizarlo, no hay forma porque no puedes darle una estructura particular, no puedes decir esto está acá, esto reside acá. No es algo que puedas dimensionar, entonces se genera algo parecido a los matemáticos cuando usan los números imaginarios y los reales, un estilo semejante se plantea en el cerebro.

Usted comenta que trabaja muy de la mano con la filosofía. ¿Cómo se trabaja con dos campos que suelen ser diametralmente distintos, al menos bajo la concepción social?

— Que buena salvedad. Socialmente dicen que son cosas distintas, porque la gente cree que la filosofía es innecesaria. Al menos ese es el común denominador. ‘Qué hace un filósofo’, hablar huevadas…eso van a decir y no es así. Los cimientos de las bases científicas teóricas que tenemos hoy en día parten de la filosofía, creo que es el espacio para hacerse preguntas, preguntas que nos definen como especie. (…) Por qué existen los médicos, las enfermeras, los kinesiólogos, etc., existen para prolongar la vida. Ahí respondemos… ¿será que podemos desafiar la muerte?, ya pues la filosofía no está hueveando. Nos ayudan a plantear preguntas que desafían a la ciencia.

¿Por qué trabajar este dilema con los ojos?

— Podría estudiar con el gusto, el olfato, la audición y todo funcionaría. La gracia es que es más fácil medirlo desde afuera sin tener que hacer una intervención directa a la persona. No es necesario que abra el cráneo ni nada por el estilo, solo veo como sus ojos se mueven. Entonces es fácil medirlo.

¿Cuál era el proceso que contaba su experimento?

— Ponía mi cartelito afuera del laboratorio de ‘ayúdenme, electroencefalograma gratis más masaje capilar y lavado de pelo’, aunque el lavado en realidad era porque les ponía gel conductor en el pelo para transmitir los datos del cerebro al computador. Mi experimento tenía solo la exclusión de que debía ser una persona autónoma, daba igual si tenía problemas visuales. Entonces ponía a la persona frente a una pantalla que mostraba una imagen, junto a una botonera para que marcarse cuando existía un cambio de percepción, en la cabeza instalaba un casco con un montón de cables para medirles su actividad cerebral y en los ojos dos cámaras infrarrojas que seguían el movimiento de sus ojos.

¿Qué reflejaron sus resultados?

— Los estudios reflejaron que el cerebro hacía el cambio de percepción antes de que la conciencia se diese cuenta, es decir, nosotros. Los ojos se movían en respuesta a este cambio para poder estabilizar la nueva información que llegaba al cerebro y la persona notificaba el cambio después que el ojo hiciese el movimiento, medio segundo después. Eso a escala del cerebro es mucho tiempo.

¿Cree que se llegue al punto de poder definir cuáles decisiones toma el cerebro por sí solo y cuáles no?

— No, al menos no en nuestra era o existencia como especie dominante del planeta. Nunca vamos a poder responder a esa pregunta. A menos que la tecnología sea tan buena que uno pueda trasplantar la conciencia a algo in silico (computadora). El punto, en ese caso, es si solo transferimos la conciencia o toda la información del cerebro y preguntarnos si sigue siendo el mismo individuo u otra persona. Eso porque no está compartiendo el mismo cuerpo ni siguiendo el mismo desarrollo. Ahí tal vez se pueda llegar a tener una respuesta, pero… ¿podremos llegar a comprender el sistema más complejo del universo conocido?

¿Cómo cree que su investigación contribuye a la ciencia?

— Yo espero que esto sea extrapolable para poder detectar algunos tipos de enfermedades, ese es mi sueño. Si comprendemos las bases neuronales y del comportamiento en personas naturales. Ahora, si tratamos de describir qué es lo que sucede eventualmente en algún tipo de patología que actualmente se diagnostican en base a un juicio súper subjetivo, si logramos encontrar algo que sea más concreto para definir el comportamiento de determinadas personas con trastornos neuropsiquiátricos, eventualmente esto puede funcionar como un biomarcador que nos permita saber si una persona se encuentra padeciendo un trastorno o no. Porque no siempre los trastornos son trastornos, ya que son trastornos para el capitalismo.

¿Usted dice que son trastornos para el capitalismo porque quitan el ideal funcional?

— Claro, porque te inhabilitan en el estilo de vida. Si alguien tiene una enfermedad neuropsiquiátrica te inhabilita para producir, por lo que la enfermedad te quita la posibilidad de producir dinero.

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